Athletic Bilbao se impuso en los penales al Mallorca y se consagró campeón de la Copa del Rey por vigésima vez

Los leones dieron en La Cartuja un zarpazo germinado en la otra punta de España, en una ciudad de Bilbao entregada para la ocasión. Por sus calles no se hablaba de otra cosa, hasta sus pintxos eran conscientes de la trascendencia del partido. Cambiaron su denominación de origen por un día. Txangurro Txori dejaron paso a otros apellidos. Los Sancet, Prados, Williams, Guruzeta, Paredes… aunque uno por encima de todos, Valverde. Ernesto ha creado un señor equipo que funciona con la precisión de un reloj suizo y la velocidad -hermanos Williams mediante- de un rayo. Tanto para compactarse y refugiarse sin balón como para estirarse y atacar los espacios con él.

Ya no importaba la táctica, las pizarras se quedan en blanco cuando llega la prórroga porque se juega más con el corazón que la cabeza. En el bermellón hay un hueco reservado para Abdón Prats, el jugador que marcó el gol del ascenso a Primera División y el de la permanencia una temporada después. Su camino con el Mallorca empezó en Segunda División B -actual Primera RFEF- y siete años después desemboca en La Cartuja, donde fue suplente. En cuanto comenzó la prórroga, Aguirre se acercó para transmitirle que su equipo necesitaba permanecer juntos en bloque bajo, con lo cual, sus opciones de participación disminuían drásticamente.

Todo lo contrario ocurría en el banquillo colindante. Valverde agitaba la coctelera con Berenguer, Raúl García, Muniain y Lekue. Aguirre lo contrarrestaba con Nastasic, más leña al fuego. Aún quedaba gasolina y circulaba por las piernas de Nico WIlliams. Siempre incisivo por banda, siempre imprevisible. Desbordó por la izquierda y la puso a su hermano que remató al aire, luego recibió desde la derecha y sólo Maffeo pudo interponerse en su camino con la gloria. También quedaba un retazo de combustible en el área contraria. Muriqi, un cóndor por alto, ganó el enésimo balón aéreo al que Agirrezabala creció unos centímetros para evitar que se colara.

El ejercicio de supervivencia del Mallorca durante la prórroga llegaba a puerto y Aguirre sacó su ancla para dejar clavada la tensión y sacar las sonrisas de cada jugador. Como en San Sebastián. A los que teóricamente tendrían que temblarles las piernas, encadenaban hoyuelos en sus rostros. Los leones se unían para unir sus fuerzas en un solo rugido. Muriqi fabricó el primero; Raúl García igualó; falló Morlanes; no lo hizo Muniain; sí Radonjic; Vesga acertó -con resbalón incluido-; Antonio Sánchez dio vida; pero Berenguer la aniquiló y firmó la sentencia de muerte del Mallorca. El Athletic Club tocaba el cielo. Ya tiene su Gabarra, cuarenta años después, que se dice pronto. Inicia el recorrido en Sevilla y llegará a Bilbao, no importa, su depósito rebosa gasolina. A lo bajini, ya saben.

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